viernes, agosto 31, 2007

Del 109 al 117

I



Caminábamos Lucho Guayo, El Polilla Beltrán y Yo, por cierta calle que sería el escenario de mi memoria. Allí nos encontramos con un viejo amigo del Polilla Beltrán, a quien al cabo de unos años llamaríamos Enrique Sueños. Fuimos al bar, nos tomamos cuatro shops, conversamos largo rato, sobre la situación política de nuestro país, sobre el alza de los precios, sobre la crisis económica y sobre la derecha en el poder. Salimos del bar a las 3 horas después, afuera casi oscurecía. Vimos una micro de policías avanzar a toda velocidad por la calle, corrimos en su dirección, comenzábamos a divisar las multitudes agitadas, enarboladas, con un olor a quemado en el ambiente, había fuego, y mucho gas. Se respiraban aires de guerra civil.

II


Aquella noche llovía, llovía torrencialmente, como venia ocurriendo desde hacia tres meses. No podía conciliar el sueño, apenas mis parpados se cerraban, y aparecían en mi cabeza las imágenes de hace tres meses, la noche de la primera lluvia del invierno, lluvia que no a parado hasta hoy (el cielo llora desde esa noche), sensaciones tan reales sentía, que escuchaba el sonido de los disparos en mi oído, sentía el aroma de las flores marchitas, luego de la pólvora, del barro, introducirse por mis fosas nasales. Entonces despertaba de golpe, ante la mirada de los fusileros ausentes que una disparaban su armas en mi memoria.
Todas las noches el mismo mal sueño, todas las noches desde hacia tres meses, el mismo infausto recuerdo, las imágenes recolectadas, el mismo temor.
Lo recuerdo bien, lo recuerdo con detalle, aún oigo los disparos de sus fusiles.
Fue en pleno invierno, fue durante la primera lluvia de la época, llovía como hace mucho no había llovido, era una noche fría, más oscura de lo normal. Esa noche, asistí a una misa nocturna en la parroquia Cristo Labrador, que no se hallaba lejos de mi casa (de mi casa-escondite), una misa clandestina, donde se rezaría por las almas de los caídos durante el régimen. Iluminados por las llamas de las velas, que dibujaban en su reflejo extrañas y lúgubres figuras negras en los blancos muros de la fría parroquia, estaban todos atentos.
El padre Rubén, encargado de dirigir la ceremonia, comenzó como de costumbre, pausadamente siguiendo las tan cotidianas estructuras de una misa católica, nos persinamos, el padre habló sobre el motivo de la misa, mucho ruido no se podía hacer, la gente escuchaba la misa con atención.
Fue en el primer canto en el que oí una voz bastante familiar a mi lado, entre la oscuridad y los pocos colores pude ver el rostro moreno y maltratado por el nefasto destino, del Cabracám, un viejo compañero de trabajo, descendiente de los que alguna vez hablaron el quechua, jamás supe su verdadero nombre. Nos saludamos, intercambiamos unas breves palabras, silenciosamente murmuramos, me contó que formaba parte de la resistencia.
La misa había trascurrido lenta, oscura y triste, detrás nuestro una mujer lloraba sonoramente (me trajo el recuerdo de las madres de la plaza de mayo en Argentina). Los cantos desafinados daban una luctuosa impresión, las voces de las señoras, de los jóvenes y de las viudas tristes que vestían sus atuendos negros que se mezclaban con el negro de la oscuridad reinante dentro de la parroquia. Una de estas viudas comienza a leer la segunda lectura, el padre Rubén la escuchaba detenidamente, tras él había una enorme ventana tipo vitral (de vidrio catedral), con la forma de una enorme cruz, no se veía hacia fuera, solo se veía una enorme cruz negra a espaldas del padre y la viuda que leía. Escuchando detenidamente la lectura de la viuda, me di cuenta que hablaba algo de la luz de cristo y de la resurrección, “la luz de cristo que hace tanta falta en estos tiempos” pensé yo. No se si fue mera coincidencia, pero en ese preciso momento la enorme cruz que se hallaba frente a la audiencia y tras el padre Rubén y la viuda se comienza a iluminar, una luz tan potente que iluminó todo el interior de la casa de Dios, las señoras se comenzaron a persinar, confundidas, nadie se explicaba lo que pasaba, reinó un breve silencio en el que se pudo escuchar el sonido de la lluvia, seguido por el sonido de los murmullos de la gente, el padre Rubén dijo entonces: “Gloria a Dios, Jesús está presente esta noche”, casi como una humorada, una mujer vieja gritó “¡Gloria al Señor!”. Fue en ese preciso momento cuando corrí hacia fuera, salí de la parroquia, lo primero que sentí fue la lluvia sobre mi frente y mis pies en el barro, corrí por el costado izquierdo de la capilla, para salir a su patio trasero, vi la luz asomarse, corrí, y me detuve boquiabierto, pasmado, al ver frente a mi un camión verde y sucio, un camión militar. A un lado del camión cinco soldados apuntaban sus fusiles hacia diez hombres que se hallaban apoyados en el muro de la parroquia, con las manos y amarradas con alambre, con los ojos vendados, con sus atuendos mojados, sucios y ensangrentados, se notaban jóvenes, un potente foco los iluminaba. Un uniformado dio la orden, los soldados dispararon sin basilar, las balas fueron tan rápidas que los hombres no alcanzaron siquiera a gritar, sus lagrimas breves fueron reemplazadas por la sangre que salpicó de sus cabezas de sus estómagos, de sus hombros, de sus corazones rojos, quedando impregnada en el muro blanco de la parroquia, ahí quedo la sangre, no se borraría jamás, ni con diez mil manos de pintura de todos los colores, pues, fue ese el testimonio de nuestros tiempos, así es como se escribió la historia, así, como la tinta en el papel. Los vidrios de la enorme cruz reventaron en mil dedazos, saltaron hacia adentro y hacia fuera, quedando incrustados en los recién muertos cuerpos de los diez hombres, quien sabe lo que pasó adentro. Un cuerpo aun se movía, así lo dejaron, en un charco de sangre. Mis ojos abiertos, recolectaban las imágenes que no me dejarían dormir durante tres meses de lluvia, en los que el cielo lloraría y lloraría por los caídos. Corrí de vuelta, muerto de miedo, golpeé la puerta de la iglesia, fuertemente, no la abrieron, la habían cerrado, dentro, la gente estaba escondida, el padre Rubén, La viuda, El Cabracám, entonces corrí, corrí sin detenerme, hacia mi casa (mi casa-escondite), el agua salpicaba en mis zapatos, mis pies estaban mojados, también mi cuerpo.

Habían pasado tres meses y yo no podía conciliar el sueño, el llanto del cielo despertaba mi memoria.

Del padre Rubén jamás supe, tampoco de la viuda. Meses después, “se los llevaron a todos” me diría El Cabracám, mientras construiríamos nuestras barricadas.

LO QUE TE DICE UN CIGARRILO
ENCENDIDO


El mundo el mundo el mundo
¿Y que mierda sabes del mundo?

EL RINCON DE LOS SUEÑOS


Tengo la espalda sucia, estuve tirado en el suelo, el suelo que no he barrido hace un mes, tal vez por desinterés, afuera llueve aun, y no parará hasta mañana, hasta que salga el sol inalcanzable e ilumine nuevamente tu rostro, tu sabes, mi hermano jamás respondió que fue del sol, tal vez también lo perdió.
¿Te preguntas que hacia tirado en el suelo?, estaba recordando el otoño pasado, cuando en lugar de gotas de lluvia eran hojas de los ciruelos, los que caían ante mi puerta, en el suelo que en ese entonces barría. Pensaba en aquello, pensaba en cuando te vi entre los pétalos blancos débiles ante la ventolera, no me viste, o tal vez si pero quitaste la mirada, no lo se. Y claro que lo recuerda una mente que vive de recuerdos. Los pétalos de flores que descansaban sobre tu cabello, cabello que ese momento quise acariciar, ese rostro tierno, hermoso que desee agasajar, esos labios inalcanzables que quise quiero y querré besar, usted sabe, yo no olvido. Pasaste por la vereda de enfrente, algo lejos, pero me pareció percibir tu perfume. Recordaba también una vez en la que intercambiamos palabras, puedo jurártelo, esa tarde fui feliz, lo recuerdo todo, recuerdo los escalofríos del nerviosismo, y sobre todo las mil mariposas multicolores dentro de mi estomago, mariposas que empujaban desde dentro, queriendo volar libres para expresarte a ti mi amor, la verdad no se como expresártelo, será ese una de mis limitaciones.
Me pregunte mientras hacia figuritas en el polvo del suelo de mi desolado hogar que estarías haciendo tu en ese preciso momento, mientras yo escribía melancólico tu nombre con mi dedo índice. Me lo imaginé, tal vez estarías durmiendo la siesta, soñando tal vez, un hermoso sueño, de esos que tú te mereces. Entonces quise encontrarte.
Me dormí, y comencé a soñar casi de inmediato, me vi en aquel otoño, caminaba entre hojas de ciruelos, y llegaba a la puerta de tu teatro mágico, un teatro lleno de colores, con ventanas de todos los colores, que daban una hermosa sensación mágica, entre, el interior del teatro estaba impregnado de aquel perfume, ahí te encontré, me mirabas a los ojos, jamás lo habías hecho, se me aceleró el corazón, se me aceleró la respiración, aparecieron las mariposas en el vientre, me acerque vacilante, tu solo me mirabas, nada nos dijimos, nada, nos besamos y mil mariposas de todos los colores volaron libres a nuestro alrededor.
Desperté de golpe, no quería hacerlo, quería seguir dentro de aquel maravilloso mundo, en el que te habías fijado en mi, paro aquí estoy nuevamente, tirado en mi sucio suelo, que no tengo ganas de barrer, escuchando el viejo cassette de Silvio Rodríguez cuya cinta no para de rodar, y con la cajita multicolor que un día guardó besos apretada contra mi pecho, como si así pudiera hacer realidad mi sueño, vana esperanza, abro una y otra vez la caja y besos no aparecen, solo recuerdos, breves, pero felices. Entonces me resigno, mañana seguirá lloviendo, mañana seguirás haciendo tu vida, sin saber lo que mis ojos gritan hasta perder su aliento, seguirás en tu indigente ausencia, y seguirás soñando. Por mi parte seguiré en el suelo (me encariñé con este rincón, esa es la verdad) pensando en la sonrisa que en tu rostro quiero provocar, en tus ojos que no chocan con la mirada de los míos, con esa piel que quiero acariciar, con esos labios que quisiera besar, y con miles de mariposas que vuelan por toda mi casa, trayendo a mi mente tu recuerdo.

ALLÍ NOSOTR@S


Y allí estábamos, bajo los árboles humedecidos por la lluvia anterior, allí estábamos, dejándonos caer sobre las pocas hojas de nefasto porvenir, allí estábamos, esperando, como cazadores, allí estamos fusil en mano, atrincherados, con nuestros sombreros de ideas, como se hacía antiguamente, antes de que el reloj de los años marcara lo contrario a lo que nuestro ojos verían hoy, entre hojas y lamentos, entre puños y armas, entre balas y lápices, entre miradas y apresuradas respiraciones, entre llanto y hambre, entre animales e insectos, allí, lejos del mar ausente, allí estábamos listos prestos, sin permiso de nadie, allí estábamos y los árboles nos cubrirían del sur, para que nos cubrieran de los nortes, de los puntos sucesivos, de los tambores resonantes, nos cubrían de la lluvia en invierno, de las plagas en verano, de las balas amenazantes, de los aviones, del NAPALM, allí estaban las ramas sobre las que descansaban pájaros multicolores, repletos de destino, de porvenir y de lucha,
Porque somos nosotros y nosotras, hombres y mujeres, somos quienes subiremos la montaña, en invierno, en verano, somos nosotros los que aquí estamos, los que lucharemos, los que oiremos las balas por las noches, los que construiremos nuestras trincheras multicolores.

MALAS CARAS


Salí a la calle una tarde,
A caminar por el pavimento
Que aplanó alguna vez mis zapatillas,
Crucé la puerta
Y me topé con un ejército
De malas caras,
Malas caras, malas caras,
De esas a las que escupes,
Escupes tu odio mortal,
Y que no desaparecen, no,
Se quedan en tu vida,
No se van
Aparecen dentro de los cajones,
Tras el espejo,
Bajo la cama,
En tus libros,
Por las cerraduras
Por el alcantarillado
Por la TV,
Por las ventanas.

No supe que hacer,
Desesperado me devolví a mi casa
Y cerré todas las puertas y ventanas,
Las malas caras
Me esperaban afuera
Pacientemente,
Entonces me metí al baño,
Me mire al espejo,
Entonces si que vi una mala cara.

SEPTIEMBRE


Sentí ese viento tibio, ese viento que tanto irradia la imaginación popular, el mismo vento que mueve los volantines multicolores, un respiro.

El viejo pasó agosto, mi amor no.

NOCHE CON LÁGRIMAS

“Escriba sobre esto mijo”,
¡Ja!, me desafías a escribir sobre todo lo que a tu insana cabeza se te viene, sobre lo que se te da la gana, ¿Qué acaso no has oído las noticias?, todos tenemos derecho a colapsar, aquí todos lloramos igual, los hombres gritamos como mujeres, las mujeres gritan como hombres, si, ambos lloramos por igual.
¡Ah!, pero eso si, no cualquiera lo grita a la cara.

AMOR DENTRO DE UNA MICRO
PERFUMADA


Me encontré a una chica hermosa mientras esperaba la micro, subimos juntos, nos fuimos parados, yo muy cerca de ella, tan cerca, que sentí su aroma adolescente que venía de su piel, y sus labios, oh, sus labios remojados en brilló barato, y sus manos, sus uñas pintadas que se hundieron fuertemente en la goma naranja del timbre que con su chirrido me despertó de aquel sueño. Se bajó, su aroma volvió a su piel, y de la mano se llevó arrastrando la brevedad de mi corto amor.

viernes, agosto 03, 2007

Del 103 al 108

DOUX BLA BLA BLA

Hasta ese momento los sonidos que habían salido de tu boca no tenían variación, solo recibía aquel dulce “bla bla bla” de tu voz angelical.
A mi alrededor todo daba vueltas y vueltas, una y otra vez. Mi atención estaba puesta en este interesante rededor y no en tus palabras, en la cortina que bailaba con el aire que entraba por la ventana abierta, en los perros que ladraban fuera, en las micros que pasaban, en los niños que oía jugar a lo lejos celebrando un gol, en el vapor del mate que descansaba sobre la mesa al lado de un sobre vacío de condones, ese vapor que dibujaba las mas diversas formas. Me concentro en esto, figura tras figura, ninguna igual a la anterior, subían hasta el techo en hermosos hilitos de vapor. Te escucho, pero no te oigo, no te presto atención, solo veo el vaporcito del mate que poco a poco se va agotando, se acaba, se consume, a medida que se enfría, junto con la taza y la bombilla, que parece escuchar tu dulce “bla bla bla” más que yo.
No te presté atención, hasta que escuche un “me tengo que ir” salir de tu boca, entonces te miré taciturno. Te levantaste de sillón, tus ojos brillaban de tristeza, vi asomarse una lágrima que recorrió lentamente tu mejilla derecha. No escuché lo que me dijiste, tampoco me interesó. Solo fue un dulce “bla bla bla”.
Fui a dejarte a la micro, te encamine no muy lejos, hasta el paradero. En lo alto cantaban los pájaros, felices, reían y volaban libres, tal vez se burlaban de mi error.
Te subiste a la 374 “Pedro de Valdivia – Blanqueado”, se movieron las ruedas, me miraste a través de la ventana, y la maquina amarilla se alejó. Quedé solo en la parada.
Encendí un cigarrillo, y volví a casa. Llegué pronto, no estaba lejos. Me dejé caer sobre mi cama, escuché aquella canción de Noel Nicola que tanto te gustaba “ámame así como soy”. El mate estaba frío, no lo bebí, había salido ya el sol de entre las nubes (en una inversa proporcionalidad de temperaturas*). Entonces me puse a llorar, solo un reproche atormentaba mi mente, “jamás debí haberte dejado ir”.
Con el tiempo descubrí que el problema no era el desinterés, ni la falta de pasión, ni la carencia motivacionál, ni la monotonía, ni los años, ni la no-libertad. El verdadero problema consistía en que nosotros los seres humanos somos adictos al aire, puro o impuro, adictos al aire.

AVANT TON RÉVEILLER

Amigo, lo se,
Nos negaste la realidad,
Ocultaste tras tus vidriosos ojos la verdad,
Para vanagloriarte ante tu familia.
Solo te diré una cosa,
No mires con ensalzada complicidad a aquella dama,
Yo puse mis ojos en ella, antes de que pisaras mi tierra.
Me enamoré antes que tú de aquella mujer.
Es difícil, sin embargo, hacer colas para el amor.
Tal vez para comprarlo, pero no para obtenerlo,
Y fuiste tú, joven amigo el elegido.
Amigo, lo sé.
Ella puso sus ojos en ti antes que yo pisara su tierra.
Puedes seguir jactándote por aquel maldito amor.
Yo brindaré por ti, lo sé, antes de que vuelvas a abrir los ojos.

POSTAL 521

¿Ves?, ahora nadie pregunta por ti,
Nadie nota tu ausencia en mi ciudad,
Te pasó por fría, adictiva obsesión.
Ya ves, hoy recordamos sonrientes
Nuestras tristes borracheras
Y evocamos reflexivas banalidades.
Siento que hemos vuelto a vivir,
Son estos nuevos tiempos,
Tiempos de calma y tiza,
De café y cigarrillos
Y de nuevos amores.


ADULACIÓN A UNA FLOR NOCTURNA

No eres tú, es aquella poesía difusa la que me hace suspirar. Es aquella borrosa imagen la que me hace soñar, tu sonrisa se encarga de enloquecerme, tus ojos de mirar al infinito, tu cabello de elevarse al viento salado, tu cuello de sentir mi respiración, y tu corazón de latir.
No te conozco, no se cual es tu nombre completo, menos se tu apellido, no se donde vives, ni donde pasas el resto del día, ni donde pasaras la noche, no se quienes son tus padres, no conozco tu voz, ni tu forma de besar, no se si algún dia me mirarás, no sé la fecha de tu cumpleaños, ni tu edad, ni con qué sueñas, y lamentablemente, no sé cuando mientes y cuando dices la verdad. Solo sé, que tu despertaste ese deseo ferviente dentro de mi, siento como si por mi hubiesen pasado los mil eventos de la noche platónica.
Te miro desde lejos, te miro, me quitas el sueño, tú en tu habitación de princesa dormirás tranquila. Yo tal vez sueñe con aquel otoño frío donde caen flores de tul sobre tu cuerpo, te deseo y lo siento así.
Te quiero, aunque de mi no te hayas despedido, te quiero aunque nunca te haya besado la mano, te quiero, aunque nunca te haya dicho palabras al oído, te quiero aunque nunca cumpla ese sueño, te quiero, así de extraño. Te quiero aunque no pueda acariciar tu mejilla, te quiero aunque no te pueda besar, aunque no pueda sentir tu aroma, aunque no pueda tocar tu pelo, no pueda susurrarte al oído, aunque no pueda verte a los ojos, te quiero aunque tu no me quieras, te quiero aunque contigo nunca pueda estar.


FRAGMENTOS DE AMOR EN UNA CARTA
QUEMADA

[…] Escribo este montón de letras No encontré mejor manera de iniciar esta suerte de carta), y que espero que por tus ojos sean leídas, como una manera casi cobarde de explicarte lo que por ti siento, cobarde digo, porque jamás me atreví a decírtelo a la cara, jamás me atrevería decirte todo lo que aquí esta escrito a ti personalmente, ¡Eres tan hermosa!, mis palabras se quedarían en mi garganta, sin lograr su efímera libertad, para luego terminar en tus oídos y tal vez en tu mente. Por eso la carta […]

[…] No creas que escribo esta carta para que sientas lastima por mí, tampoco creas que la escribo con el vano motivo de llenarte la cabeza con retóricas vacías palabras repetidas y manoseadas para elogiar tu belleza una y otra vez para tu vanagloria.
No escribo esta carta como irrefutable prueba de mi soledad, tampoco la escribo para decirte que te amo, aunque sea esta la pura verdad, ni para decir que por las noches no duermo pensando en ti, y si es que logro conciliar el sueño, te apareces ahí en mis sueños con tu adictiva sonrisa inalcanzable, con esa sonrisa, ese cuerpo, esos hipnóticos ojos de hermosa oxidiana negra, esa carita de princesa. Tampoco te diré que estoy loco por ti, completamente loco por ti, ni que estoy enamorado, que todo me trae tu nombre, tu recuerdo, tu imagen. Insisto, no mencionaré que te amo.
Más bien escribo estas líneas, para agradecerte, disculparme y reprocharte […]

[…] Agradecerte, antes que todo, por aparecer ante mis ojos errantes, con aquella mirada tuya. Casi mágica, que me hizo perder la cordura, agradecerte por venir a este olvidado rinconcito de la ciudad. Por aparecer en mi vida. Agradecerte por escucharme las pocas ocasiones en que pudimos intercambiar una que otra palabra, sobre todo la última vez que te vi, en aquella ocasión, en aquel desenlace triste. Agradecerte por existir, agradecerte por ser tan maravillosa, tan hermosa, aunque suene esto una superficialidad. Agradecerte por traer a mí esas bellas ilusiones, esos sueños que no se olvidan fácilmente. También te agradezco las tristezas y dolencias que a me diste, que a mi vida trajiste, te las agradezco porque me hicieron mas fuerte ante la vida y ante este difícil sendero del amor. Incluyo la primera vez que te vi, y la ocasión aquella en la que vagué solo y triste por las calles de mi ciudad, buscándote, pisando aquel húmedo pavimento iluminado sutilmente por la anaranjada tenue luz del alumbrado público. Agradezco hasta tu indiferencia, la agradezco porque me hizo perseverar […]

[…] También escribo para disculparme, disculparme por aquella ocasión, tal vez la recuerdes, en la que dije lo que sentía por ti, se que en ese momento te hice sentir incomoda, lo sé, y me disculpo por eso, la situación no ameritaba una escena de amor, menos una borracha confesión, no estabas bien, tampoco yo, siento lo que te dije, y como te lo dije, pero necesitaba hacerlo […]

[…] Disculparme por no poder, y no querer olvidarte […]

[…] Te escribo también para reprocharte, reprocharte por ser tan hermosa, por ser la mujer mas bella que haya pisado esta maldita ciudad, reprocharte por tu boca inalcanzable, por tus labios venenosos, por tu boca imposible, imbesable […]

[…] Reprocharte por tus ojos, demasiado hermosos, ojos que jamás me mirarán. Quiero reprocharte, de igual manera, por haberte robado mi corazón, por habértelo llevado en tu bolso de viajes a tu ciudad lejana y por haberlo hecho pedazos para tirarlo a un nefasto basurero penquista. Reprocharte por tu indiferencia asesina, por las lágrimas derramadas en vano, por haberme hecho enloquecer. Y reprocharte, reitero, por ser tan bella, por ser tú aquel ángel que vino desde lejos para embriagarme de amor y por traerme la eterna angustia de tu ausencia, por esto no hay perdón […]

[…] Me despido, con la tentación de mencionar lo que no quería en un principio mencionar, te amo, y no te imaginas cuanto. Jamás comprenderás lo que he sentido y sigo sintiendo aquí dentro desde la primera vez en que te cruzaste por mi vista, hace ya algunos años atrás, lo que me impulsó a escribir estas líneas que espero que por tus ojos hayan sido leídas […]

[…] Te amo, y no te imaginas cuanto […]


RODRIGO Y SU ANGEL


Rodrigo había tenido un día terrible, estaba cansado, tomo una ducha nocturna y se fue a la cama, rodeado por la oscuridad y la corrosiva soledad de un martes por la noche. Estaba Rodrigo acomodando su cuerpo entre las sabanas cuando de pronto vio en la ventana, casi como una obra de arte o como uno de sus reiterados sueños nocturnos, la silueta de una mujer, el la mira estupefacto, no puede creerlo, ninguna mujer se había fijado antes en él, tal vez era una alucinación. De pronto detrás de aquella silueta se enciende una luz muy potente, Rodrigo queda boquiabierto cuando ve las enormes alas emplumadas de la silueta levantarse por sobre lo femeninos hombros de aquella hermosa silueta. De inmediato Rodrigo se levanta, corre hacia la ventana, la abre de golpe, pero no ve nada, solo unas cuantas plumas blancas tiradas en el suelo y la luz que se aleja. “No te vayas” dijo Rodrigo y no obtuvo respuesta alguna. No pudo conciliar el sueño aquella noche, siguió sintiéndose solo, “Tal vez la espanté”, se cuestionaba Rodrigo. No cometería nuevamente ese error, no señor, y la esperó una semana completa, en la que se mantuvo despierto a cafeína pura. El ángel no apareció. Rodrigo quería volver a verla, comienza así su tormento, su potencial obsesión, se puso a investigar, leyó algunas olvidadas hojas bíblicas, nada encontró, y buscó un viejo libro de criaturas fantásticas, lo abrió y se podía creer lo que vio, la pagina que él buscaba estaba marcada con una pluma blanca. Entonces comenzó a leer con sus ojos bien abiertos, de pronto siente detrás de el una presencia, siente el calor de aquella luz, la misma de aquella noche inolvidable, siente de pronto una puntada detrás, luego otra y otra, sintió sus ropas húmedas, creyó que era sudor, sintió su cuerpo debilitarse, creyó que era la impresión. Se volteó para ver a su ángel que le robó el corazón hace una semana y que le quitó el sueño durante sus noches, la vio, era la mujer mas hermosa que en su vida había visto, estaba rodeada por una luz encandilante, sus alas se alzaban hacia lo alto y tocaban el cielo de la casa. Rodrigo cayó a sus pies. Solo ahí, mientras caía vio el cuchillo carnicero que había pertenecido a su difunto padre, rojo de sangre. Cayó agonizante, el ángel lo miró, sonrió y le escupió la cara. Rodrigo no alcanzó a preguntar el porqué.