EN UN RINCONCITO DE LA CIUDAD
Millones de habitantes, no se cuantos exactamente, pero los hay. Miles de edificios, un sin fin de rincones, millones de calles, de veredas, de postes, de casas. Millones de autos, de muros, de plazas. Miles de bares. Millones de micros amarillas, de mallas verdes, y algunos arbolitos, también verdes. Tantas caras, tantos lugares, tantos edificios, tantas calles. Es tan grande esta ciudad, y justo el estupido de tu marido nos tuvo que encontrar.
EL CONSEJO DEL LELO
“No hacer una tormenta en un vaso de agua”.
Sin embargo llovía y tronaba dentro de mi vaso de agua, hasta que se lleno, y calló la última gota. La gota que rebalsó el vaso.
AUNQUE LAS BESTIAS NOS DEVOREN
Hoy no lucharemos,
Guardaremos silencio
Y esperaremos
A que las bestias se calmen.
Envainaremos
Nuestras espadas de papel,
Nos quitaremos
Nuestras armaduras de lana,
Y dejaremos libres
A nuestros corceles con garrapatas.
Porque somos los guerreros de nadie,
Los esclavos de nada,
Y esperaremos en silencio
A que las bestias se calmen.
EL NO-ICARO (NO SE ARREPIENTE)
Trabaja, trabaja hasta que te hagas hombre,
Llora, llora hasta que te hagas mujer
(“los hombres no lloran”)
Escribe hasta que te hagas poeta,
Obsérvala hasta que tus ojos pierdan su brillo,
Llora, hasta haber cocido tu rostro,
Grita hasta que tu garganta reviente,
Ríe hasta que tus labios se partan,
Corre, corre hasta que te hagas viento,
Luego tírate al vacío,
Y no te convertirás en pájaro.
LA HISTORIA DEL MONSTRUO COME PELOS
Aquella extraña e irrepetible mañana Pedro, el panadero, despertó exaltado, tuvo una horrenda pesadilla, una pesadilla de lo mas terrible, una pesadilla que cambiaria su vida, y que continuaría en su vida real, en su frustrada vida hasta el día de su muerte, una pesadilla en la que la muerte misma ponía su huesuda y fría mano sobre su cabeza, y le arrancaba el cerebro, la sangre corría y corría por su moreno rostro “aymareño”, no dejaba de correr. Como mencioné anteriormente, Pedro, si, el panadero, despertó exaltado, con mucho miedo y casi con pánico, se levantó rápidamente de su lecho y se dirigió al baño como acostumbraba a hacerlo , para dar inicio a un día mas, un día mas en su vida, pero que cotidiano no será, no señor, este día cambiará su vida, literalmente. Después de dirigirse al baño debía preparar la masa, con sudor (también literalmente), harina, algo de levadura y agua, para abrir su panadería, como de costumbre, esperando a clientes, en su mayoría lugareños, trabajadores y uno que otro turista que visitaba este rincón del país, que quiso vacacionar en este desolado poblado pampino, de este norte grande, que es bien grande.
Se miró en su espejo, y no pudo creer lo que ante sus ojos estaba visualizado en aquel reflejo fatal, en aquel espejo roto, su exaltación se tornó terror al darse cuenta de que lo que el creía era sudor, era sangre, sangre que corría por su rostro, y no dejaba de fluir, y esta vez Don Pedro no estaba soñando, la realidad estaba ahí, ante él, tan empírica, así de presente ante sus ojos. Sus ojos se abrieron mucho mas, y el ritmo de sus latidos se intensificaron al ver que en su cabeza no había cabello, sino una mezcla de colores, entre rojo y blanco, que se asomaba entre su piel, su cráneo al aire, solo levantó las manos para tocarse el cráneo, tal vez para ratificarlo que veía en el espejo, sintió así la dureza de su cráneo, acompañada de un gran ardor, miró sus manos rojas de sangre, y calló al suelo, desmayado por la impresión.
Don Juan nunca más volvió a abrir su panadería. Se dice que fue llevado a un hospital que se encuentra a algunos kilómetros del pueblito, allí se encontró con la muerte, si, con la misma que apareció en sus sueños.
Pasaron los días, las semanas, los meses, y el tema de conversación, en cualquier reunión, en cualquier junta, en cualquier conversación, era la extraña muerte de Don Juan, el panadero, su lamentable muerte. Y así, con el tiempo y el pánico colectivo, sumados con la imaginación de la gente y la constante búsqueda de explicaciones, surgió un nuevo mito nortino, el mito de “la bestia come pelos”, bestia que aparecía por las noches en la habitación de un desafortunado inquilino, y le arrancaba su cabello, con el cuero cabelludo, para comérselos, no mataba a sus victimas, solo les devoraba el cabello.
Yo también creí en esas mentiras.
El mito de la bestia come pelos fue solo un cuento para asustar a los pendejos, hasta que se supo de un nuevo caso, el de la Señora Marta, le sucedió exactamente lo mismo que a Don Pedro, apreció con su cuero cabelludo rasgado.
Las muertes continuaron, se supo de nuevos casos, Don Rubén, Tío Anselmo, Doña Rita, Señora Elena, Juanito, el caminero John, uno tras otro, y el pánico se transformo en terror colectivo, el infierno se había apoderado de este pequeño y humilde pueblito nortino. La gente se comenzó a preguntar quien seria el próximo, y ni hablar de andar por las noches fuera de casa, las calles vacías simbolizaban el terror de la gente, en un descuido, la bestia podía atraparlos durante la noche.
Las muertes continuaron, el terror aumentaba, todos los pobladores muertos habían dejado de existir de la misma manera, con su cuero cabelludo rasgado.
Un día, parecieron unos detectives, venidos del sur, desde santiago, ni idea tengo de quien los llamó. Los policías buscaban a un posible psicópata, un asesino, un criminal, y en esos tiempos todos fuimos sospechosos. Investigaron casi dos meses dentro del pueblo, hasta que resolvieron el misterio. Nos informaron que el autor de tales muertes no era un ser humano, pero tampoco se trataba de una bestia que comía cabellos, sino que se trataba de un insecto., suena estupido, pero eso nos dijeron, un insecto fue el que causo tantas muertes, un insecto pequeño. Un insecto generó tantos mitos, tanta histeria colectiva, tanto terror, tantas muertes.
Se nos informó finalmente que este dañino insecto fue traído a chile por un turista japonés (que tal vez compró en la panadería de Don Juan). El insecto, del cual no recuerdo su nombre, picaba en la cabeza durante la noche, y su picazón era tan fuerte, tan intensa, que los afectados se rascaban inconcientemente, mientras dormían, y se rascaban tanto y tan fuerte que se arrancaban su cuero cabelludo, mientras dormían profundamente y soñaban con sus mas profundos temores. Yo nunca creí lo del insecto, me quede con el mito, hasta que me picó.
TESTIGOS OCULARES
Saben los cuervos
De fusiles enojados,
Saben bien los cuervos
Quienes fueron fusilados
Saben los cuervos
Del sonido de las balas,
Bien saben los cuervos
De las últimas miradas.
Saben los cuervos
De cuerpos en el pavimento,
Bien lo saben los cuervos
Porque fueron su alimento.
viernes, marzo 23, 2007
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