domingo, enero 21, 2007

Del 28 al 31

TON SOUVENIR


Vago por la cité,
Caliento mis manos en los bolsillos de mi veste,
Como me lo enseño mi père
Dans mes bonnes années,
Cuando mis pies descalzos pisaban inocentemente nouvelles terres,
Tierras sin pluie,
Antes del diluvio amoroso.
Hoy las suelas gastadas de mis zapatos errantes,
Pisan sin palmar las calles de mi ville,
El pavimento húmedo y agressif,
Vagando, con ganas de olvidar,
Enciendo une cigarette,
Miro al cielo y no veo la salvación,
Mil estrellas iluminan mi carencia,
La luna ilumina mi rostro, comme d'une coutume,
Piso une merde,
une chance
No quiero verte,
Ni en mis recuerdos immortels.
C’est la vie.
Así son las calles de la fría cité.
Me quito la veste,
Cae en el flaque d'eau,
Me quito la chemise,
Me quito mi chemisette blanche,
Alzo mis brazos a la lluvia que cae vertiginosa,
Je respire,
Et cours,
Esta vez nada ni nadie me detiene,
Ni tu recuerdo,
Ton souvenir.


FRAGMENTOS DE DICIEMBRE

[…] Y creo en amores errantes, fugases, y efímeramente poéticos, apasionados, hasta mortales, de esos amores que se quedan en cada puerto, en cada lagrima, en cada papel, en cada lluvia, en cada copa de vino.
Así como creo en amores eternos […]

Me gustan todas, y ninguna, dijo mi gran amigo, así es la vida del poeta, continuó.

[…] y el ángel reviso su lista de invitados, y yo no estaba ahí […]

Esta vida no es para nosotros, ríndete porque nunca triunfaras, esta vida esta hecha para el fracaso, en su punto. Dijo otro gran amigo.

[…] Me pregunto que pasará cuando todo esto vuelva a girar alrededor de una orbita común, orientada hacia un falso porvenir romántico […]

Ustedes no saben, ay, ¡si ustedes supieran! “¿Qué es lo que tenemos que saber? (silencio absoluto en la mesa), esta borracho, continúan”.

[…] Pero las estrellas jamás dejan de brillar, jamás […]

No siempre tienes la razón, no lo sabes todo (sus ojos lloran en su hombro antes del desenlace triste)

[…] Calurosas son las noches capitalinas de diciembre […]

No hago caso a sus palabras vanas, tomo un ultimo largo sorbo de vino, termino en arcadas apoyado en un árbol, yo me marcho de aquí (sus ojos ausentes no me lloran, sus verdes ojos ausentes se pudren en la historia)


LA SALA

Y se firmo el veredicto, se dicto la condena. Un hombre más privado de su libertad, el crimen no tiene importancia, es preciso enfatizarse en la historia, en lo que sucedió posterior a su condena. Importa por ejemplo que fue separada de sus seres amados, su mujer, sus hijos, de sus amigos, por un liberticida, en pago por lo que un desconocido estipula intentando imponer lo que es bueno y lo que es malo, a cambio de una siniestra condena.
Lo torturaron, lo torturaron, mil veces lo torturaron, como nunca. Durísimos golpes para su intrascendente existencia.
Fue derivado a una sala completamente aislada, encerrado, privado totalmente de libertad, privado de todo contacto humano. Esta sala no era como todas, era especial, era completamente oscura, de día y de noche, por lo que se perdía la noción de los días, el tiempo no existía ahí dentro. La sala era bastante grande, lo suficientemente grande como para dar varios pasos dentro, y poseía un extraño olor, olor que reflejaba el misterio, el horror y el límite de lo macabro, un indirecto olor a muerte. Nuestro hombre nada veía, sus ojos de nada servían abiertos, le negaron la visión, arránquenme los ojos, gritaba con el paso del tiempo, estaba siego, nada podía ver en esa condenada oscuridad, no sabia ni lo que a su alrededor había.
El alimento se lo proporcionaban a través de una fisura en el muro que solo se abría para cumplir con esta función, pero nada alumbraba, todo estaba fríamente pensado, para que el morador de la sala nada pudiera ver.
Los días pasaban acumulativamente. Nuestro personaje, sin saber del tiempo, se instaló a un costado de la fisura del muro, esperando siempre impaciente su descontinuada alimentación, su espera se hacia eterna, tirado en el suelo, durmiendo, comiendo, recordando, masturbándose, atormentándose, cagando, muriendo, enloqueciendo, y siguiendo con los recuerdos, única imagen visible del pasado en la oscuridad de su presente. Para qué hablar de visitas, posibilidad completamente descartada, él no recibía visita alguna, solo la visita de la soledad, y el cercano rondar de la muerte, la dama negra que lo seducía desde la distancia. Se hallaba completamente solo, día y noche, con lluvia y con sol, siempre solo, solo y siego. La peor tortura era mantenerlo vivo en estas condiciones infrahumanas, que volverían loco al más fuerte ser humano que haya pisado la tierra, funesta vida dentro de la sala, sala que supera los limites de lo macabro, que despierta los temores mas profundos. Este era el objetivo precisamente, mantener a este hombre vivo, objetivo liberticida, asesino, nefasto. El alimento contenía los nutrientes necesarios para cumplir con este infausto objetivo, con esta infernal condena.
Pasó el tiempo, lento, eternos dos años han pasado, eternos dos años de oscuridad, de soledad absoluta, de horror, de llanto, de pánico, terror, miedo, dos años de infierno, de tristeza, de amargura, de locura, de alucinaciones, de recuerdos, mil formas de sobremorir en esta vida maldita. El seguía ahí, el llanto y los gritos eran cosa de todos los días, de suplicas a un dios sordo, de llanto, de mas suplicas, de desesperación, de perder la cordura, de perder el control. Así comenzó a enloquecer, más y más, en un principio con los cuestionamientos superfluos, cada día, cada noche, conceptos inexistentes, luego venia el olvido, el indeseable olvido, culminando con la alucinación. Verdadera muerte insepulta, la peor condena.
Así comenzó a olvidar, olvidó el rostro de su amor, de sus niñitos, de sus amigos, de los vecinos, olvidó el rostro de la sociedad, olvidó ese significado, olvidó voces, olvidó números telefónicos, olvidó direcciones, olvidó el lugar donde conoció a su amada, olvidó el aroma de su perfume, olvidó el color de sus ojos, de sus cabellos, olvidó todo lo que alguna vez aprendió, lo que alguna vez sintió, olvidó el cantar de los pájaros en la plaza, el soplar del viento, olvidó sus ideas, olvidó el sentimiento de libertad.
En momentos caminaba por la sala, como buscando algo, atemorizado, como buscando algo, sin saber qué. Pero en su lugar se sentía seguro, seguro por decirlo de alguna manera. Asignó también un lugar donde cagar, donde mear, acumulándose sus desechos humanos, durante su eterna estadía en la sala, se introducían en su olfato, entonces, los mas putrefactos y nauseabundos olores, generando el mas agobiante y aplastante ambiente.
Se cumplieron tres años ahí dentro, un nuevo año de diarios cuestionamientos, se preguntaba día a día, noche a noche, ya no hay diferencia, ¿Qué era lo que había a su alrededor?, claro tenia él, que no solo se encontraría con cuatro paredes, sino que con algo mas, quería saber donde estaba, la insaciable oscuridad lo iba matando de apoco, la locura acababa completamente con él. Ni su propio rostro recordaba ya, sus facciones.
El tiempo pasó monótono, eterno, e infausto.
Pasaron los años, ultimo periodo de la condena. Se cumplieron los siete años, toda una vida de soledad y oscuridad, sin saber del tiempo, sin saber de las horas, ni de los días, ni de las semanas, ni de los meses, sin saber de los años. Ahí, dentro de la sala del horror, ahí donde el infierno se torna real, ahí donde lo real se convierte en irreal, en una pesadilla.
Nuestro hombre hubiese preferido otra forma de expirar. Euctanacia, silla eléctrica, ahorcamiento, cámara de gas, fusilamiento, envenenamiento, torturas físicas, y hasta el paredón, negando este oscuro infierno.
Ultimo día. Un repentino escalofrío recorrió por completo su cuerpo, sensación conocida dentro de la celda, cotidiana, inerte, sensaciones de de repentino frío, acompañado por violentos estremecimientos. El solo estregaba sus manos. Ese último día se hizo eterno.
Finalmente se cumplió la condena. Siente años, un día.
Desde el orificio de la alimentación, una voz exterior le preguntó cuál era su deseo antes de obtener su libertad y abandonar para siempre esa sala. El solo quería que dieran respuesta a la duda que lo atormentó durante siete años y un día, pidió, así, que le encendieran la luz de la sala, lento, muy lento para no enceguecer, y poder ver finalmente el lugar que lo vio morir insepultamente en vida, quiso ver qué lo rodeó durante tantos años de oscuridad. Cumplieron entonces su petición, lentamente la luz encendieron, despacio como él lo pidió.
Sus ojos ya no lagrimeaban, ya lo habían llorado todo. Sus ojos se hicieron pequeños con la luz, con un poco de dificultad vio finalmente lo que había a su alrededor.
Había un pequeñísimo comedor casi en medio de la sala, con una sola silla y un platillo. Había también un gran calendario en uno de los fríos muros, calendario que partía desde el inicio de la condena hasta el final, y había marcado una estimación de su muerte. Había también un reloj detenido, un lindo reloj clavado en la pared. Pero lo que mas le llamo la atención a nuestro personaje, fue un bulto elevado que se divisaba en la mas lejana muralla, y sobre aquel bulto, un espejo, un gran espejo rectangular, corrió hacia el espejo, corrió como no lo había hecho hace siete años y un día, corrió como para el día de su captura, mientras corría se aclaró lo imagen del bulto, eran cuerpos, macabros cadáveres descompuestos y secos. Llegando al espejo quedo frente a frente con su imagen, contemplo casi hipnotizado su rostro, su rostro deformado, destrozado, asqueroso, sucio, uniforme, desigual rostro, y cayó al suelo, se desmayó, impactado, de la terrible impresión, junto a los cuerpos que tenían la misma expresión, la misma cara casi momificada, con la boca abierta, al igual que los ojos, el mismo deteriorado rostro. Nuestro personaje no murió, solo fue un desmayo.
Lo sacaron finalmente, vendado, de aquella sala del horror.
Finalmente obtuvo su libertad, finalmente fue sacado de la oscuridad, de la desolación. Una vez fuera, se sacó las vendas, se encontró con un mundo nuevo, un mundo tan distinto a su infierno, casi como un sueño, incluso se creyó dentro de la sala aun por unos instantes.
No supo que hacer con su libertad.
A los dos días se suicidó.
UNA ESPECIE DE AUTORETRATO


Calurosas son las noches capitalinas de diciembre, ¿verdad?
¿Me pregunta usted en que creo?
No creo en dios
Usted me cuestiona, intenta ponerme entre la espada y la pared al decirme que en nada creo, soy ateo, pero no un ser sin ideas.
No creo en un dios, creo en el amor universal, que presente en todos lados esta, en seres humanos, animales y hasta plantas compañera. En un amor centro de un universo eterno y romántico, giramos en torno a esta mística fuerza, en una orbita común.
Y creo en amores errantes, fugases, y efímeramente poéticos, apasionados, hasta mortales, de esos amores que se quedan en cada puerto, en cada lagrima, en cada papel, en cada lluvia, en cada copa de vino.
Así como creo en amores eternos.
Creo en la libertad, enemiga de la moral, la sociedad, los prejuicios, la injusticia, la hipocresía, la iglesia, del estado, del patrón, de las fuerzas represivas, de los bancos, de las celdas frías, de las fronteras humanas, de los asesinos, los genocidas, y sobre todo enemiga del dinero, del capital, de la ambición y la avaricia mortal.
Creo en esa utopía, creo en la libertad.
¿Pero donde esta?, he ahí el dilema compañera, he ahí la eterna disyuntiva.
mi cuerpo puede convertirse en macabro alimento para gusanos hambrientos de carne podrida, pero mis ideas, mis ideas seguirán vivas en memorias de otros, y de otras, mis ideas jamás morirán, las ideas son eternas, y al ser yo un ente netamente idealista, me considero invencible, inmune a sus tropiezos, eterno como el sol, ergo, me considero mi propio seudo-dios.
¿Y usted en que cree compañera, acaso no cree en el amor, o en la libertad?
Extraño pensamiento el mío, ¿verdad?, tal vez estoy loco para usted, ¿no?, para mi usted es tremendamente extraña.

No hay comentarios.: