AMIGO
De niños jugábamos en la plaza, largas jornadas, jugando a la pelota, corriendo por aquel verde y cotidiano paraje, mirando al cielo, divisando las más diversas y rebuscadas figuras en lo alto, en las blancas nubes que contrastaban su fino color con el azul del calido cielo de primavera. Es que no teníamos responsabilidades, no había horarios que cumplir, deberes, solo ser nosotros y aprovechar nuestra niñez, viviendo de sueños y fantasías. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, digo esta trillada frase porque así realmente lo siento, cómo olvidar aquella escena, en la que tu y yo, amigo mío, nos encontrábamos trepando el imponente árbol de la plaza, el mas alto, entregados totalmente al ocio del momento, al tiempo libre, antes de que nuestras madres nos llamaran para almorzar, para comer nuestros modestos almuerzos, para luego seguir jugando. Trepábamos el árbol, tu llegabas siempre hasta lo mas alto, en donde las ramas se hacen cada vez mas finas y peligrosas, claro, en ese entonces resistían tu peso, yo solo llegaba a la mitad de aquel árbol, tal vez era demasiado alto, demasiada exigencia, quizás, para mi reducido y débil cuerpo.
Pasaron los años y nos distanciamos. Tu seguiste tu camino, y yo el mío, bueno así es la vida. Así es su curso natural, las vidas en algún punto se separan.
Estábamos en esa etapa de responsabilidades, en la que no dejamos de cuestionarnos, para todo un por que. Aquella etapa de inspiración, aquella etapa de amores fugaces, de peleas con los viejos. Estábamos en esa precisa etapa cuando nos encontramos en la calle, admito que me costo reconocerte, es que los años pesan compañero, sobre todo en estos tiempos en los que pasan tan rápidamente, tan rápido que no nos damos ni cuenta. Tal vez pudimos ir a tomar algo, no, mas tarde tal vez. Fuimos a la plaza, la plaza que nos vio crecer, escenario de nuestras aventuras, de nuestros amores, de nuestras penas, de nuestras vidas, de nuestros buenos y malos momentos, de nuestras peleas, de nuestros chistes. Nuevamente vimos ese árbol, que ya no se ve tan imponente ante nuestros ojos, pero que sigue siendo el mas alto del lugar. Ese árbol del recuerdo, aquel viejo árbol, en el que nos apoyábamos, en el que contábamos para jugar a la escondida, en el que di mi primer beso, al que iba a llorar, el que un día trepamos juntos, el que nos dio sombra en verano y nos protegió de la lluvia en invierno, árbol en el que fumábamos a escondida de nuestros viejos, el que vio crecer nuestros interese. En fin, fue tan bello evocar tantos viejos recuerdos, sentados en la vieja y deteriorada banca, tantos años han pasado. Trepamos el árbol, nuevamente, como antes, como en los viejos tiempos, momentos eternos. Yo llegue un poco mas alto que antes, pero tu, tu llegaste aun mas alto llegaste hasta las ultimas ramas de aquel árbol, las que con dificultad resistían tu peso, extendiste tus brazos, mientras el sol se ponía, en un lejano horizonte. La verdad es que me preocupe por ti, sentí algo de temor. Te pedí que te bajaras.
Nos fuimos de la plaza finalmente, el sol poniente penetraba por nuestros ojos, me sentí bien, con tigo a mi lado. Una duda me invadía, te pregunte finalmente:
- ¿Cómo pudiste trepar tan alto?
Y tú me respondiste finalmente:
- no teniendo miedo.
Confieso que esas tres palabras marcaron mi vida.
Me pregunto si tuviste miedo cuando dejaste caer tu cuerpo desde el piso séptimo de tu departamento. La verdad es que me da mucho para pensar, tal vez demasiado.
En fin, yo ya perdí el miedo, amigo mío, perdí el miedo de decir adiós.
Adiós amigo.
De niños jugábamos en la plaza, largas jornadas, jugando a la pelota, corriendo por aquel verde y cotidiano paraje, mirando al cielo, divisando las más diversas y rebuscadas figuras en lo alto, en las blancas nubes que contrastaban su fino color con el azul del calido cielo de primavera. Es que no teníamos responsabilidades, no había horarios que cumplir, deberes, solo ser nosotros y aprovechar nuestra niñez, viviendo de sueños y fantasías. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, digo esta trillada frase porque así realmente lo siento, cómo olvidar aquella escena, en la que tu y yo, amigo mío, nos encontrábamos trepando el imponente árbol de la plaza, el mas alto, entregados totalmente al ocio del momento, al tiempo libre, antes de que nuestras madres nos llamaran para almorzar, para comer nuestros modestos almuerzos, para luego seguir jugando. Trepábamos el árbol, tu llegabas siempre hasta lo mas alto, en donde las ramas se hacen cada vez mas finas y peligrosas, claro, en ese entonces resistían tu peso, yo solo llegaba a la mitad de aquel árbol, tal vez era demasiado alto, demasiada exigencia, quizás, para mi reducido y débil cuerpo.
Pasaron los años y nos distanciamos. Tu seguiste tu camino, y yo el mío, bueno así es la vida. Así es su curso natural, las vidas en algún punto se separan.
Estábamos en esa etapa de responsabilidades, en la que no dejamos de cuestionarnos, para todo un por que. Aquella etapa de inspiración, aquella etapa de amores fugaces, de peleas con los viejos. Estábamos en esa precisa etapa cuando nos encontramos en la calle, admito que me costo reconocerte, es que los años pesan compañero, sobre todo en estos tiempos en los que pasan tan rápidamente, tan rápido que no nos damos ni cuenta. Tal vez pudimos ir a tomar algo, no, mas tarde tal vez. Fuimos a la plaza, la plaza que nos vio crecer, escenario de nuestras aventuras, de nuestros amores, de nuestras penas, de nuestras vidas, de nuestros buenos y malos momentos, de nuestras peleas, de nuestros chistes. Nuevamente vimos ese árbol, que ya no se ve tan imponente ante nuestros ojos, pero que sigue siendo el mas alto del lugar. Ese árbol del recuerdo, aquel viejo árbol, en el que nos apoyábamos, en el que contábamos para jugar a la escondida, en el que di mi primer beso, al que iba a llorar, el que un día trepamos juntos, el que nos dio sombra en verano y nos protegió de la lluvia en invierno, árbol en el que fumábamos a escondida de nuestros viejos, el que vio crecer nuestros interese. En fin, fue tan bello evocar tantos viejos recuerdos, sentados en la vieja y deteriorada banca, tantos años han pasado. Trepamos el árbol, nuevamente, como antes, como en los viejos tiempos, momentos eternos. Yo llegue un poco mas alto que antes, pero tu, tu llegaste aun mas alto llegaste hasta las ultimas ramas de aquel árbol, las que con dificultad resistían tu peso, extendiste tus brazos, mientras el sol se ponía, en un lejano horizonte. La verdad es que me preocupe por ti, sentí algo de temor. Te pedí que te bajaras.
Nos fuimos de la plaza finalmente, el sol poniente penetraba por nuestros ojos, me sentí bien, con tigo a mi lado. Una duda me invadía, te pregunte finalmente:
- ¿Cómo pudiste trepar tan alto?
Y tú me respondiste finalmente:
- no teniendo miedo.
Confieso que esas tres palabras marcaron mi vida.
Me pregunto si tuviste miedo cuando dejaste caer tu cuerpo desde el piso séptimo de tu departamento. La verdad es que me da mucho para pensar, tal vez demasiado.
En fin, yo ya perdí el miedo, amigo mío, perdí el miedo de decir adiós.
Adiós amigo.
LA PALOMA
Se estrello en un vuelo fugaz.
Se estrello en un vuelo fugaz.
Callo desde lo alto, de frío tal vez.
Tal vez se perdió de su bandada, como yo.
Quizás murió de hambre,
quizás murió de sed.
Y yo que un día dije que quería ser un ave,
para volar lejos.
Tal vez fue por eso de la Libertad.
THANATHOS
Esa noche oscura de una primavera fugaz, nuevamente ese sueño se me viene a mi cabeza, desde lo mas profundo de mi inconsciente, guardado celosamente en algún rinconcito de mi atrofiada mente, ese sueño de destrucción, en el que siento un profundo e inexplicable placer. Ayer lo hice realidad…
Me puse los audífonos, con aquella música clásica, la quinta sinfonía de Beethoven. Tome nerviosamente el garrote y me dirigí rápidamente al supermercado. Comencé por las estanterías de las conservas, luego por los licores, continué por tirar las carnes y los fiambres al suelo, los lácteos, luego acabe con las cajas, los computadores, las vitrinas, las golosinas, los pasteles,, la gente huía atemorizada y desesperada, dejé que el Thanathos se apoderara de mi, despertando los mas profundos placeres de mi ser, los mas ocultos, al fin sacié mi sed, mi violencia, mi ira, mi instinto de destrucción, guardado hace años en mi atormentado interior. Claro, el problema fue su alto costo, 5 años por daños a la propiedad privada. Suena como final, pero es recién el comienzo.
Estos interminables años en la cárcel me sirvieron de escarmiento, pude reflexionar acerca de lo que hice, sobre mi responsabilidad ante tal locura. Tantos golpes en mi cabeza me hicieron abrir los ojos, me hicieron ver tal locura que había cometido.
Los días pasaron así, lentos, muy lentos, yo diría eternos. Compartí celdas con otros convictos, delincuentes, ladrones, violadores, asesinos, con otros reos, con los cuales no simpatizaba. los golpes eran pan de cada día. Dentro de la cárcel se impone la ley del más fuerte, y desafortunadamente este no era yo. Recuerdo que un día me hallaba almorzando en los comedores, trataba de comer algo, en realidad los otros prisioneros escupían en mi plato, siempre lo hacían, jamás podía almorzar en paz. Vi con odio y repulsión como la ultima flema del preso “el choro miguel” caía en mi insípido alimento, de pronto se me nublo la vista, la sangre se me calentó quemando mis venas, me sentía como un volcán ardiendo de odio. Tome la bandeja y se la puse con fuerza en la cara, creo que le rompí la nariz, porque sangraba sin parar, sentí un gran placer, la música clásica comenzó a sonar en mi mente, la quinta sinfonía de Beethoven. Tome a un reo que estaba a mi lado del cabello y lo azoté contra la mesa, luego contra el muro, la sangre salpicaba a mi cara, yo la lamía, vi como su cabeza se desfiguraba poco a poco. De inmediato llegaron los guardias, los putos gendarmes vestidos con uniformes de fuerzas especiales, tome el cuerpo del recién muerto prisionero y se lo lancé a uno de los gendarmes. Veo que se acercan muchos mas, rompo mi ropa con odio, con furia y energía, me subo sobre una mesa y aparece una guitarra eléctrica en mis manos, la música que resonaba en mi mente ya no es la de Beethoven, sino que se torna en un ruidoso ritmo metal. Doy volumen al amplificador y toco la cuerdas, un guitarrazo que quebró los vidrios por su alto volumen seguido de un maravilloso y agudo acople, y golpeo a un gendarme con mi guitarra eléctrica en la cabeza, la que se parte dejando a la vista sus frescos sesos. no me lo explico, pero de de pronto esta guitarra se convierte en una metralleta, una deliciosa metralleta con la que ametralle a todos los gendarmes y a los convictos, sin distinción los asesiné, al final lance una gran carcajada seguida por un eco maravilloso en aquella sala roja de sangre derramada en su blanco piso, repleta de nauseabundos cadáveres.
En ese preciso momento desperté en mi suave cama matrimonial, en mi casa, con una intensa sed de sangre. Mi esposa dormía a mi lado, me imagine su obeso cuerpo mutilado y las sabanas blancas manchadas con su sangre.
Quise saciar mi sed de sangre, partí por tirar las pastillas para la esquizofrenia por la ventana.
Esa noche oscura de una primavera fugaz, nuevamente ese sueño se me viene a mi cabeza, desde lo mas profundo de mi inconsciente, guardado celosamente en algún rinconcito de mi atrofiada mente, ese sueño de destrucción, en el que siento un profundo e inexplicable placer. Ayer lo hice realidad…
Me puse los audífonos, con aquella música clásica, la quinta sinfonía de Beethoven. Tome nerviosamente el garrote y me dirigí rápidamente al supermercado. Comencé por las estanterías de las conservas, luego por los licores, continué por tirar las carnes y los fiambres al suelo, los lácteos, luego acabe con las cajas, los computadores, las vitrinas, las golosinas, los pasteles,, la gente huía atemorizada y desesperada, dejé que el Thanathos se apoderara de mi, despertando los mas profundos placeres de mi ser, los mas ocultos, al fin sacié mi sed, mi violencia, mi ira, mi instinto de destrucción, guardado hace años en mi atormentado interior. Claro, el problema fue su alto costo, 5 años por daños a la propiedad privada. Suena como final, pero es recién el comienzo.
Estos interminables años en la cárcel me sirvieron de escarmiento, pude reflexionar acerca de lo que hice, sobre mi responsabilidad ante tal locura. Tantos golpes en mi cabeza me hicieron abrir los ojos, me hicieron ver tal locura que había cometido.
Los días pasaron así, lentos, muy lentos, yo diría eternos. Compartí celdas con otros convictos, delincuentes, ladrones, violadores, asesinos, con otros reos, con los cuales no simpatizaba. los golpes eran pan de cada día. Dentro de la cárcel se impone la ley del más fuerte, y desafortunadamente este no era yo. Recuerdo que un día me hallaba almorzando en los comedores, trataba de comer algo, en realidad los otros prisioneros escupían en mi plato, siempre lo hacían, jamás podía almorzar en paz. Vi con odio y repulsión como la ultima flema del preso “el choro miguel” caía en mi insípido alimento, de pronto se me nublo la vista, la sangre se me calentó quemando mis venas, me sentía como un volcán ardiendo de odio. Tome la bandeja y se la puse con fuerza en la cara, creo que le rompí la nariz, porque sangraba sin parar, sentí un gran placer, la música clásica comenzó a sonar en mi mente, la quinta sinfonía de Beethoven. Tome a un reo que estaba a mi lado del cabello y lo azoté contra la mesa, luego contra el muro, la sangre salpicaba a mi cara, yo la lamía, vi como su cabeza se desfiguraba poco a poco. De inmediato llegaron los guardias, los putos gendarmes vestidos con uniformes de fuerzas especiales, tome el cuerpo del recién muerto prisionero y se lo lancé a uno de los gendarmes. Veo que se acercan muchos mas, rompo mi ropa con odio, con furia y energía, me subo sobre una mesa y aparece una guitarra eléctrica en mis manos, la música que resonaba en mi mente ya no es la de Beethoven, sino que se torna en un ruidoso ritmo metal. Doy volumen al amplificador y toco la cuerdas, un guitarrazo que quebró los vidrios por su alto volumen seguido de un maravilloso y agudo acople, y golpeo a un gendarme con mi guitarra eléctrica en la cabeza, la que se parte dejando a la vista sus frescos sesos. no me lo explico, pero de de pronto esta guitarra se convierte en una metralleta, una deliciosa metralleta con la que ametralle a todos los gendarmes y a los convictos, sin distinción los asesiné, al final lance una gran carcajada seguida por un eco maravilloso en aquella sala roja de sangre derramada en su blanco piso, repleta de nauseabundos cadáveres.
En ese preciso momento desperté en mi suave cama matrimonial, en mi casa, con una intensa sed de sangre. Mi esposa dormía a mi lado, me imagine su obeso cuerpo mutilado y las sabanas blancas manchadas con su sangre.
Quise saciar mi sed de sangre, partí por tirar las pastillas para la esquizofrenia por la ventana.
EL VIEJO
Era un viejo vagabundo, vagaba sin rumbo por las calles de la agitada ciudad de Santiago. Su apariencia causaba en mi una enorme curiosidad, como a todos.
Era un anciano delgado y alto, caminaba encorvado, y en ocasiones cojeaba, tenia una larga y abundante barba blanca como la nieve, tenia unos anteojos redondos, con un marco roto y rápidamente arreglado con cinta adhesiva. Para que hablar de su vestimenta, era como la de los vagabundos que solo se ven en la pantalla de algún cine, sweater gris bajo una chaqueta café que le llegaba hasta los tobillos, pantalones de tela, sucios, zapatos abiertos y en sus manos llevaba puestos un par de guantes de lana con los dedos cortados.
Todo el mundo lo miraba, lo observaban minuciosamente, sin embargo el no se sentía acosado, de ninguna manera, el solo vivía en su poética vida. Lo observe por largos minutos mientras se paseaba por la plaza. No pedía dinero a la gente, de pronto saca un sándwich de lechuga y se lo come feliz, mientras acaricia a un perro y alimenta a alguna palomas, veo que menciona algunas palabras, no se cuales, no pude leer sus resecos labios. De pronto lo pierdo de vista, lo veo llegar de pronto, con unos cuantos globos, los cuales se los dio a los niños, quienes respondían con una sonrisa. A las mujeres les regalaba flores, ellas las recibían avergonzadas, pero alegres. De uno de sus bolsillos rotos saca un libro y comienza a predicarle a la gente, creí por un momento que predicaba el evangelio, la palabra de Dios, no era así predicaba poesía. Este viejo era un maestro, hacía alegre a la gente.
Me llamo mucho la atención, su libertad.
Vivía libre.
Pero lo que mas me sorprendió y me hizo palidecer, fue que este viejo se parecía a mi. Demasiado diría yo.

2 comentarios:
Así vas a ser tú tal vez... No exactamente , pero ay...Miiiiiiiiiii
...tu entenderás.
me refería a "El viejo" si (:
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